III Festival Carmen Amaya - Flamenco | Barcelona

Carmen Amaya

Carmen Amaya ha sido, sin duda, una de las figuras más importantes de la mitología del flamenco. Fuerza, arte, furia, pasión y embrujo en estado puro. Siempre fiel a sus orígenes y a los suyos, en la vida lo hizo todo de la única forma que ella sabía: con toda su alma, esa alma gitana que la llevó por todo el mundo enseñándonos lo que es amar el baile y la vida. Porque si su forma de bailar era impresionante, su forma de vivir la vida lo fue aún más. Orson Welles, Marlon Brando, Fred Astaire,Charles Chaplin, Greta Garbo o Jean Cocteau fueron sus más fervientes admiradores. Nació en Barcelona, en una de las míseras barracas de madera que bordeaban la zona norte de la extensa playa del popular barrio marinero de la Barceloneta, una zona arrabalera conocida como el Somorrostro, donde se habían instalado nuemerosas familias gitanas que vivían como podían. Allí, oyendo el murmulo del mar y el continuo paso de los trenes creció Carmen, una niña que llevaba el flamenco, ese “quejío” del alma gitana, en la sangre.

José Amaya, “El Chino”, padre de Carmen, era un esquilador de borregos mallorquín que, llegado a Barcelona, intentaba ganarse la vida y la de los suyos con lo que mejor hacía: tocar la guitarra. Al anochecer salía a recorrer bares y “colmaos” gitanos en la zona de Atarazanas acompañando a cantaores y bailaores con la esperanza de que la noche no acabara jamás. Cuando la suerte quería acompañarle regresaba al alba con un puñado de monedas en el bolsillo.

Cerca de su casa, al otro lado de la vía del tren, había una escuela. Carmen no fue: la llevaron, pero allí sólo duró dos semanas. Una maestra la había castigado por alborotar en clase y la obligó a ponerse de rodillas con un libro bajo el brazo. El carácter y aquella personalidad tan fuerte no tardaron en aparecer y el libro acabó en la cabeza de la maestra. Carmen nunca más volvió a la escuela.

A veces acompañaba a su padre para bailar y ganar algunas monedas para ir tirando. Poco a poco todos los entendidos se fijaron en aquella niña que llevaba la pasión y el arte en el cuerpo. Después de bailar, Carmen solía vender billetes para alguna rifa o pasar el platillo. Al amancer, los gitanos del Somorrostro se despertaban y salían corriendo a saludar al “Chino” y a su hija que, cansados, volvían a casa repartiendo entre todos el pan que llevaban bajo el brazo. Son muchos los recuerdos que Carmen guardó del lugar donde nació: “Aprendí a bailar con las olas del Somorrostro, a mí me enseñó a bailar el mar…” solía decir. Y también guardó en su memoria muchas escenas de su niñez: ” Siempre me han gustado los dulces con delirio y me he pasado muchas horas de chiquilla con las narices pegadas en los escaparates de las pastelerías”.

En 1929, con motivo de la Exposición Universal de Barcelona, el Rey Alfonzo XIII visitó la ciudad. El día de la inauguración las gitanas iban a bailar para él. Carmen fue la elegida para hacer la presentación. De nada sirvieron las clases de protocolo que le dieron para que aprendiera a tratar al Rey de “Majestad”. En cuanto Alfonso XIII apareció por allí, Carmen dio un paso al frente y le dijo: “Va por usté, señor rey”.

Muchos extranjeros vieron a Carmen en la Exposición y pronto empezó a correr la voz por Europa de que en una tablao barcelonés había un auténtico fenómeno del flamenco. No tardó en llegar un agente del “Palace” de París para contratarla. Raquel Meyer la incorporó de inmediato a su espectáculo parisino, la revista “París- Madrid”. El triunfo fue absoluto y su contrato se prorrogó por un año. De vuelta a Barcelona, Carmen y su padre siguieron actuando en los bares y “colmaos” del distrito V. En aquellos años la fuerza y el carácter de la pequeña Carmen hicieron que pronto se la conociera como “La Capitana”. Su fama empieza a extenderse y todo el mundo quiere ver bailar a Carmen, que triunfa en Madrid, en Sevilla, en San Sebastián…

Ya en 1935 actúa en el madrileño teatro de La Zarzuela con Concha Piquer, Miguel de Molina y otros destacados artistas. A esa época pertenece también su primera incursión en el mundo del cine: “La hija de Juan Simón”, de Jósé Luis Sáenz de Heredia, en la que colaboró Luis Buñuel. En 1936 protagonizar “María de la O”, de José López Rubio, la sitúa en la cúspide artística de la época. Carmen emprende una gira por provincias. La guerra civil española la sorprendió actuando en Valladolid, desde donde huyó a Lisboa. Su llegada fue esperpéntica ya que la policía confundió a la troupe gitana con los sospechosos del asesinato de Onésimo Redondo, y los encarceló a todos. No tardaron en darse cuenta del error y les dejaron salir, ofreciéndoles alojamiento en el mejor hotel de Lisboa para compensarles. En agosto de 1936 deciden cruzar el Atlántico y se embarcan hacia Buenos Aires, donde el Teatro Maravillas les ofrece un contrato por seis meses. Cuentan las crónicas de entonces que el segundo día de actuación era tal el gentío que la quería ver que tuvieron que intervenir las fuerzas de orden público e incluso los bomberos pra mantener el orden en las taquillas. El éxtio fue tan arrollador que aquellos seis meses se prorrogaron hasta doce, y lo que no era más que un contrato para actuar en un teatro acabó convirtiéndose en una gira por toda América que duró once años. Los éxtios de Carmen no pasaron desapercibidos al empresario Sol Hukor, que la contrata a ella y a sus ocho gitanos por cinco años para actuar en tierras norteamericanas.


A principios de 1941 se presenta en Nueva York donde debuta en el cabaret Beachcomber, para pasar, poco después, al Carnegie Hall. Le acompañan Sabicas, Antonio de la Torre y, cómo no, toda su familia. Más tarde pasa a actuar en el Radio City, donde da nueve representaciones diarias. Es tal el éxito de Carmen en Estados Unidos que el Presidente Roosevelt la invita a una velada en la Casa Blanca. Viajaron de Nueva York a Washington en el avión privado del Presidente. Fue su primer vuelo en avión. Antes de embarcar, los gitanos tocaban la chapa del fuselaje una y otra vez. Parecía muy blanda y pasaron tanto miedo que estuvieron a punto de darles cloroformo para que subiesen. La revista Life la saca en portada y todas las estrellas del mundo del cine se deshacen en elogios hacia Carmen. En los meses de junio y julio de 1942 obtiene un gran éxtio en el Alvin Theatre de Broadway y meses después, convertida ya en una de las principales atracciones de Hollywood con sus “Gipsy Dancers”, interpreta una personal versión de”El amor brujo” en el Hollywood Bowl Auditorium ante veinte mil personas. También a la primera mitad de la década de los cuarenta pertenecen la mayor parte de sus películas americanas.

Carmen guardaba muchos recuerdos de aquella época y, entre ellos, uno muy curioso: que, a pesar de ser una artista reconocida, para poder entrar en aquel país que luego la vería triunfar, tuvo que aprender a leer y a escribir porque a los analfabetos les tenían prohibida la entrada. Tras realizar varias giras por EEUU y una vez finalizado su contrato, Carmen, harta de escuchar tanto inglés, abandona su residencia de Hollywood y, tras una breve estancia en Méjico, regresa a Buenos Aires, donde muere su padre. En 1946, acabada la segunda guerra mundial, regresa a Europa y se presenta en el Teatro Des Champs Elysées de París. Son años de innumerables viajes por toda Europa y América que la llevaron , incluso, a actuar en Sudáfrica y Oriente Medio.

En diciembre de 1947 se produce su ansiado regreso a España. El 18 de diciembre se presenta en el Teatro Tívoli de Barcelona con su espectáculo “Embrujo español”, en el momento de mayor esplendor de su carrera. El éxito fue apoteósico. La acompañaban cuarenta gitanos unidos a la familia Amaya por vínculos de sangre más o menos cercanos. Carmen nunca se alejó de los suyos.

Por aquel entonces un caballero de Santander, verdadero soñador y devorador de la vida, había decidido unir su existencia a lo que más quería: el flamenco. Engañando a su padre diciendo que se iba a Madrid a estudiar arquitectura, aquel personaje se pasó cinco años estudiando guitarra con Andrés Segovia, uno de los mejores maestros de la época. Su nombre era Juan Antonio Agüero. Pasados cinco años, le explicó a su padre lo que había hecho, que quería dedicarse profesionalmente al flamenco y que se iba a Sevilla para incorporarse como guitarrista en el Ballet de Antonio. No es difícil imaginar la cara que debió poner el padre.

El contrato de Sevilla no resultó ser lo que prometía y abandonó la compañía. Juan Antonio no era gitano, era payo, pero conocía y amaba como pocos el duende y el alma gitana. En una de las giras europeas de Carmen se incorporó a su cuadro flamenco.No había pasado ni una semana cuando una tarde, en Montpellier, le dijo: “¡A que no se casa usted conmigo!”. ¡”A que sí!” respondió Carmen sin dudarlo. Quince días después, el 19 de octubre de 1951, mientras actuaban en Barcelona, se casaban en la iglesia de Santa Mónica, en las Ramblas… a las siete y media de la mañana y rodeados solamente por una docena de familiares y amigos. Carmen no se vistió de novia y llegó a la iglesia en taxi: quería casarse de “incórnito”, como ella decía. Por no avisar no avisaron ni a la familia del novio. La celebración también fue muy sencilla: unas copas de cazalla. Ni siquiera aquella noche suspendieron su actuación. Pocas historias de amor tan auténticas e intensas como las de aquellos dos seres unidos por lo que más amaban: el flamenco. Tiempo después, cuando un periodista le preguntó a Carmen por su relación con su marido, ella le contestó: “Verás, como a él yo le corro por las venas, se lía con la guitarra y me sacude. A los otros tengo que levantarlos yo, a él no, porque sale como una bala. Yo bailo primero para él, y como a él le gusta el baile más que a nadie, me sale sin esfuerzo. ¿Tó lo comprendes?. Me sonsaca y, tenga ganas o no, él me hace bailar.” “¿Significa eso que le quieres?” preguntó le periodista, “¿Que si le quiero? No lo sabes tú bien. ¡Dónde pondré yo a este Dios para que no le dé el aire!”.

A Carmen y Juan Antonio nunca les importó el dinero. Hacían lo que les gustaba hacer, porque les gustaba. Llegaron a renunciar a muchos contratos multimillonarios en teatros de todo el mundo para llevar su arte a los pueblos más recónditos de América Latina, su gran pasión. No era extraño verles llegar a uno de esos pequeños pueblos con toda su troupe, montar un escenario y bailar gratuitamente para todas aquellas gentes. Simultaneaban esas actuaciones con las que realizaban en los locales más famosos de la época.

En este video la podéis ver bailar acompañada por Juan Antonio (es el guitarrista que, al principio del video, está en pie)

Carmen amaba la vida y el baile con locura. No podía disociarlos. “Yo, cuando llevo unos días sin bailar, me siento como un león enjauldao”. Para ella el flamenco lo era todo: “El flamenco es una cosa indescriptible, es el baile de hace siglos, lo bueno. En el flamenco hay tres cosas: colocación, zapateo y brazos; y que todo eso, cuando se haga, obligue al público a decir ¡Olé!. En el flamenco, más que movimiento lo que hay es una cadencia, no sé cómo explicarlo, una cosa que sale porque sí; en fin, es hacer una cosa razonable dentro del arte y, eso sí, echar los hígados. Cuando bailo aprieto las mandíbulas y no me doy cuenta del público; si en la primera fila hubiera un tipo con un revolver, yo no me enteraría.” “¿Que cómo sé yo si una bailaora es buena? Si se coloca como Dios manda, zapatea, sube los brazos y da vuletas como tiene que ser, yo digo: muy requetebién, es un fenómeno. Pero mover sin ton ni son las manos, vapulear el vestido como si tuviera polvo y enseñar lo que una enseña, además del movimiento de aquí – señalando las caderas- eso no es flamenco.”

La personalidad de Carmen estuvo marcada por muchas cosas: su profunda raíz gitana del Somorrostro barcelonés, su origen humilde y pobre, el mar, ese mar que ella tanto amaba, una generosidad sin límite fruto de su extraordinaria sensibilidad, y una insuficiencia renal que la acompañó siempre. El baile le daba la vida. Cada zapateao de Carmen la empujaba a seguir viviendo como ella sabía, intensamente, y le ayudaba a eliminar las toxinas en una función que sus riñones no podían hacer. El baile la salvó desde niña pues su enfermedad debía haberla matado muy joven.

La solidaridad de Carmen con los suyos y con todos aquellos que la pudieran necesitar fue otra de las constantes de su vida. Su cuadro flamenco siempre estuvo formado por miembros de su familia y por amigos que sentían y entendían el baile y la vida como ella. Estuviese donde estuviese, siempre accedía a todas las peticiones de ayuda que le llegaban, fuesen de donde fuesen. Ella, que sabía sin duda lo que verdaderamente era pasar hambre, no quería que nadie sufriera lo que ella había tenido que sufrir. Siempre estuvo atenta a ayudar a los demás, a estar junto a los que la querían y la necesitaban. Cuentan que una vez, cuando actuaba en Barcelona, muchos gitanos se quedaron a las puertas del teatro sin poder entrar. No tenían dinero para comprar la entrada. Al acabar la función, ya en su camerino, alguien le contó lo que había ocurrido. Salió corriendo del teatro con todos sus músicos y se fue al barrio donde sabía que vivían aquellos gitanos. Bailó para ellos toda la noche.

Carmen y Juan Antonio estaban en EEUU cuando decidieron comprar una casa en la que poder retirarse a descansar. Vieron una foto de una antigua casa medio en ruinas que había en un pequeño pueblo de la Costa Brava, Begur, y no lo dudaron ni un instante: sin siquiera verla la compraron. Carmen solía retirarse allí a descansar cuando el frenético ritmo de sus viajes y actuaciones se lo permitía. El inicio de la década de los sesenta mantuvo la intensidad de años anteriores y Carmen era reclamada para actuar por todo el mundo. Ella siguió llevando su arte y su baile allí donde la reclamaban o donde alguien la pudiera necesitar. De nada sirvieron los repetidos avisos que su afección renal le lanzaba, ni los sabios consejos que todos los médicos y especialistas le daban. Ella continuó bailando hasta el final de sus días.

En 1963 rodó la que sería su última película: “Los Tarantos”, de Francisco Rovira Beleta, esa auténtica joya de la historia del cine basada en la obra teatral de Alfredo Mañas que recrea los amores de Romeo y Julieta en la barriada del Somorrostro gitano. Montescos y Capuletos pasan a ser Zorongos y Tarantos en esa historia de amor universal que habla de amores, odios y pasiones. Una navaja asesina es la que mata aquí a Juana y Rafael, esos Romeo y Julieta gitanos que nos enseñaron lo que es amar. Son muchas las escenas memorables de esa película que a punto estuvo de ganar el Oscar a la mejor película extranjera, como la del solitario baile de Antonio Gades bajo las mangueras de la limpieza de madrugada en Las Ramblas, o como esta que podéis ver ahora con Carmen en el papel de Angustias, la madre de Rafael cuando, consciente de que el amor que siente su hijo es mucho más grande que el odio que separa a las familias, se lanza a bailar en medio del barrio de chabolas como sólo ella podía hacerlo, en un intenso duelo entre su furioso zapateao y los cadenciosos golpes de sus nudillos y de sus dedos sobre una mesa de madera con los que, sentada, sigue el ritmo de las guitarras.

La salud de Carmen se había deteriorado muy rápidamente. El Dr. Puigvert, primer espada mundial en el campo de la urología, la atendía desde hacía algún tiempo. Su diagnóstico fue muy claro: debía dejar inmediatamente de bailar. Carmen no tenía curación posible, en aquella época no se conocían los trasplantes, pero podía alargar su vida. No le hizo caso, no podía hacérselo porque el baile era su vida. De hecho rodó “Los Tarantos” en contra del consejo del Dr. Puigvert y tuvieron que interrumpir el rodaje durante una semana debido a su precario estado de salud.

En el verano de 1963 Carmen se retiró a descansar en Begur. Allí le pidieron que bailara una vez más en una actuación benéfica para recaudar fondos para la iluminación del viejo castillo del pueblo. Ella, que nunca tuvo un no, bailó, y lo hizo como siempre: con toda su alma. No pudo acabar la actuación. Aquella vez fue la última que se la vio bailar. A las nueve de la mañana del 19 de noviembre su corazón dejó de latir. Juan Antonio, su marido, acariciaba su mano con ternura. La noticia de su muerte corrió por todo el mundo, llenando de tristeza y desolación a todos los que la conocieron. Aquel día los teatros cerraron en señal de luto, los cines donde se proyectaba “Los Tarantos” hicieron lo mismo, y los gitanos del Somorrostro, fieles a esa tradición que les hace bailar en los bautizos, en las bodas y en los entierros, lloraron, cantaron y bailaron toda la noche. Al amanecer, mirando al mar, dejaron en el suelo las guitarras y las castañuelas orladas de negro.

Acabado el entierro, Juan Antonio se encerró en el sótano de la casa. Sólo le acompañaban su vieja guitarra y una caja de whisky. Se pasó una semana entera sin salir de allí. Nunca más volvió a tocar en público. Se fue al Pirineo donde estuvo viviendo en una cabaña de pastor durante años. Sólo se llevó su guitarra y dos enormes maletas llenas de fotos de su historia con Carmen. Siempre vestía de negro y una vez al año, con la luna llena, bajaba andando hasta el cercano Begur para ir al cementerio. Bien entrada la noche saltaba la tapia y, tras limpiar la tumba de Carmen, se ponía a tocarle la guitarra…

Fueron muchos los homenajes que Carmen recibió. Algunos los recibió durante los últimos años de su vida, aunque ella sabía que no eran más que anticipados homenajes póstumos, porque un país como el nuestro sólo homenajea a los suyos cuando están muertos. Uno de los homenajes populares que más le gustaron fue que le dedicaran una fuente en el barrio del Somorrostro, hoy ya desparecido. Su fuerte personalidad, la intensidad y valentía con la que vivió su vida y esa forma tan desgarradoramente brutal de entender el flamenco y el baile hicieron que fueran muchos los que se quedaron impresionados al verla. Aquí tenéis lo que algunos de ellos dijeron de ella:

” La danza gitana es la inspiración, el perpetuo rayo de la invención, la poderosa intuición que rompe los límites de la estructura lógica y desborda la forma. Un arte así desarma el razonamiento del crítico, que ha de dejar su lugar al poeta. La danza gitana es un arte independiente que no tolera ninguna tutela. No se somete al acompañamiento musical, sino que prescinde de él. Pone en práctica la teoría de la danza en el silencio, fabrica la música que necesita, no reproduce ritmos, sino que los crea. Y los crea con el repicar de las palmas, el ruido de los dedos y, sobre todo, con la batería desesperada de los tacones. La bailaora es un verdadero instrumento de percusión, un timbal que genera ritmos sonoros elementales que corresponden a los movimientos del cuerpo. Y ahora, destacadas estas características, hablaré de las bailaoras… Y empezaré por Carmen Amaya. Esta niña es un producto bruto de la naturaleza. Como todas las gitanas ya debió nacer bailando. Indescriptible. Alma, alma pura. Es la anti-escuela, la anti-academia. Todo lo que sabe ya lo sabía cuando nació…” (Sebastiá Gasch)

“En Carmen Amaya puede verse la asombrosa convicción con la que baila. Gitanilla desgarbada, flaca, menuda, casi incorpórea, morena, con cara de ídolo trágico y remoto, pómulos asiáticos, de ojos largos cargados depresagios…” (Vicente Marrero)

“Carmen Amaya es el granizo sobre el vidrio de una ventana, el grito de la golondrina, un cigarro fumado por una mujer soñadora, una tempestad de aplausos…” (Jean Cocteau)

“Ante Carmen, ante su baile, los gitanos quedan en silencio respetuoso que, rápidamente, se convierte en una catarata de alabanzas desorbitadas, sin medida. Y las alabanzas dejan paso al orgullo que justifica y exalta la raza…” (Alfredo Mañas)

“De Carmen hay mucho que ver, mucho que admirar… y mucho que aprender” (Fred Astaire)

“Es un volcán alumbrado por soberbios resplandores de música española” (Charles Chaplin)

“Es una artista, y si parece poco, una artista única, porque es inimitable” (Greta Garbo)

“Es la más artista de las bailarinas, y la más genial de las artistas” (Orson Welles)

Aunque puede que nada mejor que recordar las palabras de la propia Carmen Amaya para llegar a entender su gran dimensión artística y, sobre todo, su inmensa calidad humana: “No me importaría nada cambiar: yo que lo he tenido todo, brillantes, pieles, dinero, lo mismo me daría volver a vivir en una chabola y dormir en un saco y para comer una papa y un cacho de tomate…”

Extractos del libro 'El mar me enseñó a bailar', un recorrido por la biografía personal y artística de esta figura genial, escrito por Jordi Pujol Baulenas y Carlos García de Olalla.